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Adoptó a seis niños misioneros y emocionó a todo el país

María Victoria, junto a sus hijos y nieto, estuvo en el ciclo ‘Quién quiere ser millonario’

La emisión del viernes de Quién Quiere ser Millonario por Telefe midió 10.9 puntos de rating, lo que significa que sólo en el área metropolitana de la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires más de un millón de personas estaban viendo el ciclo televisivo. Otros cientos de miles hacían lo propio en el resto de Argentina.

El show de preguntas y respuestas que pone a prueba los conocimientos de los participantes contó esa noche con la presencia de María Victoria Lillia Bamonte, una pilarense que se animó a exponer su sapiencia y también su historia de vida.

Al ingresar la mujer al estudio, el conductor Santiago Del Moro dijo que no iba a estar sola, sino acompañada de sus siete hijos. Y así ingresaron todos en fila. Hasta allí todo normal. Por cada respuesta acertada acumulaba varios miles de pesos en premios. Pero en un momento Del Moro comenzó a indagar en el pasado de María Victoria y ella develó que sus siete hijos llegaron por medio de la adopción y el estudio completo enmudeció y la escuchó atentamente. Así fue cómo contó que seis de sus hijos son oriundos de Posadas. Si bien los hechos se dieron a fines de la década del 90, la historia merece ser contada.

El Territorio contactó a María Victoria, quien se prestó a profundizar en los sucesos. “En esa época nosotros -ella y su esposo- ya teníamos una niña adoptiva que pidió hermanos”, comenzó el relato.

Así fue cómo su ahora ex marido tomó conocimiento que en el Hospital Pediátrico de Posadas había un nene internado y bajo cuidados judiciales -su madre biológica había muerto y el padre estaba detenido- a quien le estaban buscando urgentemente una familia, porque si bien el niño tenía una discapacidad, ya estaba clínicamente bien y no podía seguir en el nosocomio.

“Estuvo desde mayo de 1999 internado, su mamá había fallecido y él tuvo una neumonía, lo traqueotomizaron, estuvo un mes y medio con el tubo puesto y eso le trajo muchos problemas en la laringe”, recordó sobre Cristian, el niño que habían decidido adoptar.

Pero Cristian no era hijo único, tenía cinco hermanos más. Cuatro de ellos estaban con familias sustitutas y otro, de meses, de quien no se sabía de su existencia dado que la madre fallecida no llegó a comunicarlo, pero lo había dejado bajo cuidados de su vecina.

“En ese interín del papeleo para Cristian, cae en el juzgado una señora que cuenta que estaba cuidando un bebé de 7 meses, que estaba entre medio de gente borracha y demás, y que era de un señor que se llevó a su familia al hospital y no volvió más. Y se refería justamente a la mamá de Cristian. Cuando esta mujer los va a ver al hospital, le dice el papá de Cris que lo cuide y le tira el documento. Así es cómo aparece ella por el juzgado, después de cinco meses diciendo que ella se había quedado con ese bebé y no sabía qué hacer porque nunca más vio a nadie”, recordó. Ese niño de meses era Valentín.

“La secretaria del juez -la abogada Fernanda Peña- vio el nombre y apellido y recordó que a los otros cuatro hijos de la mamá de Cristian los habían ubicado con familias sustitutas y a él -por Cristian- lo dejaron y no tomaron en cuenta a Valentín, que por ese entonces estaba en la panza de ella”, añadió.
Así, se fueron en 1999 a Buenos Aires con la guarda provisoria de Cristian y Valentín. Desde la Justicia misionera se les pidió que “tratáramos de no cortar el lazo con sus hermanos” que estaban en manos de familias sustitutas.

“Empezamos a buscar el vínculo con los hermanos y decidimos traernos a los otros cuatro en el año 2000”, rememoró y lograron la adopción plena tiempo después.
“Cuando Valentín y Cris llegaron tenían 7 meses y 9 años y a los tres o cuatro días nos preguntaron si éramos sus papás adoptivos y les dijimos que sí, entonces nos empezaron a llamar papá y mamá, todo se dio normalmente, fue simple”, manifestó sobre cómo fueron los primeros días en la chacra donde vivían, en Pilar.
Sobre cómo se dio el proceso de adaptación de la familia expuso: “Ellos estaban asombrados porque tenían cosas básicas que nunca habían tenido, como que los esperemos a la salida del colegio o festejar sus cumpleaños”.

Hoy son todos mayores de edad, el menor tiene 20 años y el más grande 28, comentó la mujer que también vivió su adolescencia en un instituto de menores pero nunca fue adoptada. “Siempre supe que había dos formas de tener hijos: naturalmente o adoptarlos y decía ‘ojalá tenga un marido que acepte la adopción’ y mi marido era estéril, por eso adoptamos”, expuso.

Consultada sobre qué mensaje le daría a un matrimonio que está en proceso de adopción, señaló: “Adoptar un hijo es un compromiso, y lo que pueda venir es lo mismo que con un hijo biológico. Puede ser sano o enfermo. El tema es que realmente quieran ser padres y cumplir con ese rol, no tener expectativas en base a lo que uno quiere”, sostuvo.

“Uno tiene que entender que ellos vienen con otras raíces, tienen su historia, un pasado y hay que aceptarlo. Con amor y paciencia todo se puede. Yo hablé muchísimo con ellos, tomábamos mate hasta las cinco de la mañana, ellos me contaban las cosas que habían vivido y así fuimos sanando heridas. Hoy somos una familia feliz”, cerró.

(El Territorio – Por Esteban Bueseck)

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