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En San Ignacio hay todo un equipo tras los pasos de la oruga urticante

Conformado por la Municipalidad y el INMET, estudia desde hace cuatro años al “wachiturro” con la intención de generar medidas preventivas. En 2018 se registraron más de 100 accidentes. Hasta el momento han detectado más de once especies distribuidas por todos los barrios de la ciudad.

 

En cuatro años de trabajo encontraron ya once especies de urticantes en todos los barrios de San Ignacio.

Hace años que los vecinos de San Ignacio encuentran en sus jardines o en las cosechas a un pequeño amiguito peludo que al tacto deja de ser “amigo”. Su nombre científico es Podalia orsilachus, pero es conocida popularmente como “wachiturro”  debido a la forma de su pelo que, al roce, libera un veneno que causa picazón, dolor intenso, adormecimiento y más. Es por ello que, desde 2015, en esta ciudad hay todo un equipo tras los pasos de esta oruga urticante que, sólo en 2018, ha causado más de 100 accidentes.

PRIMERA EDICIÓN visitó en el laboratorio de la CAPSI (Cooperativa de agua y servicios de San Ignacio) a la bioquímica María Mercedes Martínez, que forma parte del equipo que se conformó entre la Municipalidad local y el Instituto Nacional de Medicina Tropical (INMET) y que suma colaboradores gracias a convenios con otras instituciones, como la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) por ejemplo. El objetivo es conocer en detalle este “enemigo” para evitar accidentes. Todo comenzó en 2014, cuando Martínez trabajaba en la Municipalidad local en Bromatología. En ese entonces, comenzaron a aparecer las primeras orugas urticantes en la zona.

Charló sobre ellas con el director del INMET, Daniel Salomón, quien le envió trabajos de investigación realizados para que comience a interiorizarse acerca de a quien se estaban enfrentando. Esta información fue de gran utilidad: en 2015 comenzó un brote de oruga urticante en San Ignacio, entonces “le pregunté a mi director si podía hacer un estudio porque había muchos casos y la gente estaba desesperada queriendo saber qué era ese bicho”. Comenzaron a registrarse más accidentes, desde un guía de las reducciones hasta una médica de la zona.

Así fue que comenzó la labor a efectos de saber bien quién era este enemigo que se ocultaba en las plantas y cómo había que combatirlo. Se pidió un permiso de investigación al Ministerio de Ecología – que se renueva todos los años – para recolectar muestras y “empezamos a hacer el estudio, un seguimiento de cuánta gente se accidentaba, en qué lugares” y otros datos que permitirían tener evidencia efectiva para tomar medidas. Se registraron hallazgos y accidentes y se descubrió que no era una sola clase de oruga sino cinco, todas en San Ignacio. “Todo lo que aparece, lo recolectamos y lo enviamos al insectario de Iguazú, donde un grupo de investigación dirigido por la doctora Elisa Peichoto estudia los venenos presentes en la oruga y, a su vez, gracias al convenio con la UNC, la doctora Adriana Zapata, bióloga y especialista en lepidópteros, hace la identificación taxonómica”, explicó Martínez.

En febrero se produce la mayor cantidad de accidentes, pero desde diciembre se empiezan a ver las orugas en esta etapa de su ciclo.

En cuatro años, las especies colectadas aumentaron a once y, hasta ahora, se registraron casos en varias localidades: Puerto Esperanza, Montecarlo, Puerto Rico, Jardín América (donde ocurrió el primer brote en 2013). También “me han llamado de Bonpland y Gobernador Roca, pero generalmente no existen registros epidemiológicos, entonces parecen ser casos aislados”.

Uno de los objetivos de la investigación es tratar de determinar porqué hay tantas especies de orugas en San Ignacio. Hasta el momento la hipótesis es que está relacionado con los cambios ecológicos. “Todo ser vivo está dentro de un ciclo y tiene otra especie que controla su población. Se convierte en plaga cuando falta este control”, explicó la bioquímica. Las lechuzas pueden alimentarse de los adultos, es decir las polillas, y los tingasú son pájaros que comen a las orugas urticantes. La presunción es que en las zonas donde se produce la invasión como plaga, no hay suficiente cantidad de estos controladores para evitar la proliferación de las orugas.

Otra de las cuestiones que se estudiaron es la época del año en que aparecen. “En febrero es la mayor cantidad de accidentes pero desde diciembre se empiezan a ver”, indicó. Justamente, el ciclo de la oruga comienza con el bicho que causa los accidentes, luego se transforma en capullo, “Pupa” del cual emerge la mariposa (polilla pues es nocturna) y que pone huevos de los cuales luego nacen las orugas y así continúa. Es por ello que, en esta época, están “las polillas” y el control de ellas es sumamente importante. “Si la gente logra matarlas a la noche, que es cuando salen, van a evitar que pongan huevos y después de los huevos salgan las orugas”, explicó Martínez. “En esta época se puede hacer un control con el adulto y, a partir de diciembre, empieza la oruga”.

Los accidentes

Sobre una mesa del laboratorio, biblioratos llenos de papeles dan cuenta de la cantidad de casos por año. “El mayor brote fue en 2017 con 230”, señaló Martínez y remarcó que “el grupo etario más afectado es el de adultos y jóvenes que son los que están trabajando y haciendo actividades con las plantas”. Este año ya se registraron más de 100 accidentes pero, en comparación a 2017, ha disminuido. El trabajo es interdisciplinario e interinstitucional: cruzan datos con el hospital que todos los meses les pasa los casos que llegan a la guardia.

Al momento del contacto, “son venenosas y es muy doloroso”, explicó la profesional. “El veneno neurotóxico va al ganglio, produce adormecimiento, parálisis, también mareos, vómitos, hipertensión, taquicardia y luego queda una cicatriz”. Todo depende de la cantidad de veneno que sea inoculado. “Aproximadamente, el 70%” de las personas que tienen contacto con la oruga “va al hospital y el tratamiento administrado es un inyectable, un calmante para el dolor y un antialérgico”. El 30% que no va a la guardia es porque “cuando son roces leves y es un quemazón, hay gente que se aguanta y no va al hospital” o porque, en la colonia, “la mayoría de la gente se pasa nafta o gasoil. No está recomendado hacerlo pero es el mecanismo que tiene la gente que está lejos del hospital”. La recomendación es que, cuando sucede el accidente, se utilice cinta de empaque y se aplique sobre la zona de contacto y despegue repetidamente. Esto permitirá retirar la mayor cantidad de cerdas urticantes que son la parte de la oruga que tiene el veneno.

Cuando los vecinos tienen un accidente, el pedido es que lo capturen o en su defecto le saquen una foto para poder determinar qué tipo de oruga es y descartar a la Lonomia obliqua, una especie más peligrosa y que, si no es atendida de manera urgente, puede causar la muerte. “Afecta la coagulación y causa hemorragia”, indicó Martínez aunque aclaró que “no se registraron casos en San Ignacio, sí en Alem en abril de este año”. Luego, “a las personas que tuvieron accidentes se les consulta, a través de una encuesta, qué tarea estaban realizando al momento del accidente con la oruga, en que las plantas estaba la misma, si aparecieron antes, les preguntamos de dónde creen que vienen, etcétera”.

Su contacto produce mucho dolor, adormecimiento, parálisis, también mareos y vómitos.

Las trampas

En 2016, al analizar los datos, comenzaron a ver que había orugas en la yerba, el té, la mandioca y el maíz. A fines de ese año “hicimos una reunión con el INTA y la Secretaría de Agricultura Familiar para trabajar en conjunto. Los ingenieros agrónomos propusieron la idea de capturar el adulto de la oruga, es decir, la mariposa (polilla)”. Martínez está en contacto con el guardaparque Ernesto Krauzuck, que vive en Corpus, y ya tenía capturado adultos de Podalia orsilochus y se las envió. “Así pudimos armar las trampas, porque una cosa son las fotos y otra es ver la polilla. Empezamos con las trampas y ese año recolectamos los primeros adultos”, señaló.

Las trampas son similares a las utilizadas para atrapar a los flebótomos, responsables de la transmisión de la leishmaniasis. Al año siguiente, alumnos de la EPET 19 de Santa Ana viajaron hasta San Ignacio, se reunieron con Martínez y trabajaron en algunas trampas caseras. Las mismas poseen una luz que atrae a la especie adulta y la atrapa. Se coloca durante la noche. “Hay que prestar atención a la noche, porque vienen a la luz. En esa etapa no son urticantes sino mariposas. Si se captura se corta el ciclo”.

Las investigaciones encontraron al “wachiturro” en casi todos los barrios de San Ignacio y también en las comunidades guaraníes y colonias agrícolas. Si bien hay varias especies, entre el 80 y 90% de los accidentes son con las Podalia orsilachus. Es por ello que las tareas de prevención incluyen mostrar a los vecinos los tipos de orugas para que puedan identificarlos. También los huevos que coloca debajo de la hoja que “son amarillitos bien redonditos” y, cuando crecen que son más grandes y la recomendación es quemarlos. Si bien el objetivo es que los vecinos, si las ven, las maten para evitar la reproducción, sólo deben hacerlo en el ámbito de su domicilio o en los cultivos donde pueden ocasionar daño. También se acercan hasta las escuelas donde dan charlas y publican las principales recomendaciones a través de Facebook.

Para finalizar, Martínez indicó que “este trabajo nos permite conocer a qué nos estamos enfrentando”. Por estos días trabaja en un informe “que nos permita evaluar el impacto de salud, tomar medidas de prevención, de vigilancia y control. Lo ideal sería poder controlar el adulto, para disminuir el uso de insecticida y, el fin principal, disminuir la cantidad de casos”.

(P.E.)

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