En el trascurso de los primeros meses de experiencia, el avance, el interés y la motivación de los menores son dignos de admiración.
Camila conoció la realidad de los integrantes de Yaboty Mirí mediante visitas que realizó junto a la biblioteca Palabras del Alma, de Pilar, Buenos Aires. En el lugar, de muy difícil acceso por el pésimo estado de los caminos terrados, no cuentan con energía eléctrica, agua corriente ni comunicación móvil, pero lo que más preocupó a la voluntaria fue el acceso negado a la educación para 20 niños de entre 5 y 14 años, por lo que independientemente de todos los desafíos y el cambio de vida que significa convivir con la comunidad durante seis meses, la joven logró que estos pequeños hoy ya sepan leer y escribir.
Aunque informales, las clases se dictan todos los días de 8 a 12 en un espacio que la mencionada biblioteca construyó y equipó con libros, con la esperanza de que las autoridades designen un docente para el lugar.
Allí los alumnos no son divididos por edades, ya que una de las principales características del proyecto es respetar su cultura.
“Primero iba a separarlos por edades, pero me di cuenta que ellos genuinamente viven en comunidad, por lo que al dividirlos estaría rompiendo con su dinámica, en la que comparten todos juntos y se cuidan mutuamente. Y así lo hacen en la clase, ayudándose permanente, lo que va arrojando resultados muy positivos”, indicó a El Territorio Camila Cánape.
Al inicio, los más pequeños no reconocían la forma de las letras, mientras que los de 11 años la única escritura que lograban de forma independiente era el nombre.
Los avances son muy buenos y son posibles porque los niños, que no pueden ir a la escuela, que les queda a más de 20 kilómetros, demuestran entusiasmo, predisposición y prestan atención constantemente, lo que muchas veces es difícil de apreciar en espacios formales de educación.
Para la fecha los niños aprendieron letras, números, son capaces de formar frases y ya tienen la habilidad de agrupar palabras, unirlas y dar continuidad a las oraciones. Tanto en lo que respecta a lengua como matemáticas, utilizaron recursos con los que ellos cuentan y conocen.
Los niños mostraron una sorprendente destreza con las manualidades, que también fueron incluidas entre las actividades didácticas.
Acompañamiento de padres
Así también valorable es el compromiso de los padres, que se sumaron de forma muy predispuesta a distintas actividades llevadas adelante de forma conjunta.
En la comunidad son 14 familias, cuyas viviendas están dispersas, en tanto los progenitores acompañan y observan las clases de los hijos y muestran gestos de agradecimiento ante la tarea que realiza la joven, para quien una de las más valiosas enseñanzas que deja la experiencia en medio del monte misionero es la manera genuina, intensa y pura de vivir “en la naturaleza, para la naturaleza y de la naturaleza” con la que viven los guaraníes, que le dan el verdadero significado a la frase “vivir en comunidad”.
Vínculo fraterno
“El vínculo que se gesta con los chicos es algo muy lindo, especial. Disfruto y aprendo con ellos a cada momento y esto propicia mucho el aprendizaje, la sabiduría que tienen esos niños, por más pequeños que sean, me impacta, los reconozco como individuos muy sabios y capaces. Y así también hay cosas que necesitan y si no es el Estado, tenemos que de alguna forma acercarlos nosotros”, reflexionó Camila.
Si bien el proyecto es llevado delante de forma tal que resulta muy gratificante, el mayor anhelo de la joven es que los niños reciban educación formal, por todo lo que eso significa más allá de la certificación que valida los conocimientos adquiridos.