Volver el pensamiento a un día como hoy, hace nueve años atrás, es cavar hondo en una herida que persiste en los corazones de los moradores de paraje Santa Rosa, Tobuna, departamento de San Pedro, donde se registró una de las catástrofes climáticas más devastadoras de los últimos años, dejando como saldo once muertos y varios heridos.
Esa noche trágica todavía está en el recuerdo y las pesadillas de quienes lo vivieron. El tornado dejó un ambiente desolador en el que el único sonido eran los gritos por socorro, la única luz era la de los relámpagos y el único deseo el de que los familiares estuvieran vivos.
En ese entorno hubo personas que pusieron en riesgo su vida por salvar a otros y que actuaron como valientes héroes.
Aquella noche del 7 de septiembre de 2009, luego de una tarde calurosa, los habitantes de Colonia Santa Rosa, Paraje Polvorín y demás zonas rurales cercanas a Tobuna fueron sorprendidos por un tornado, concepto que ni siquiera conocían. Este fenómeno hizo desaparecer plantaciones, viviendas y once vidas en un radio de aproximadamente 12 kilómetros.
Separados por más de 32 kilómetros del casco urbano de San Pedro, sin comunicación telefónica, el aviso de lo ocurrido llegó por parte de los propios damnificados.
Con las últimas fuerzas
Cubierto de barro y con las últimas fuerzas que le quedaban, Irineo Salinas dio aviso de lo que estaba pasando a José Antúnez de Lima. José fue una de las primeras personas rescatistas que acudió al lugar ante el aviso de un afectado. Para él el momento fue tan terrible como para quienes lo vivieron en primera persona. Todavía tiene en mente la imagen de animales muertos, personas fallecidas y cuerpos destrozados. El miedo y el pánico son sensaciones que jamás podrá olvidar.
El hombre acompañó a El Territorio para conocer el actual pasar de las familias y al momento de indicar el pensamiento que remite tan lamentable fenómeno, expresó: “Nos trae un recuerdo no muy bueno, nos pasa por la cabeza que pasó un tornado por Santa Rosa que se llevó once vidas. Al mismo tiempo uno se detiene y piensa, a pesar de toda la tristeza, yo estuve ahí, acompañando, salvando vidas y si bien me hubiese gustado hacer más, hice todo lo que estuvo a mi alcance”, dice el hombre mientras gesticula y muestra los lugares por donde recorrió en la penumbra. “A nosotros nos tocó estar con la gente, y ahora, al mirar a las familias, pido a Dios que les dé mucha fuerza para seguir en el mismo lugar”, añade.
Recuerdan los pobladores que los primeros auxilios se comenzaron a realizar bajo una intensa lluvia, sin ningún tipo de elemento propicio. Todo fue improvisado. Una de las primeras personas a quien socorrió José fue una mujer, Analia De Lima, que fue arrastrada a 300 metros de lo que fuera su vivienda y quedó prendida por sus cabellos a un tronco.
“Esa imagen siempre está en mi cabeza. Ni bien la vi le dije ‘acá estamos para ayudarte’. La dimos vuelta para poder desatar su cabello. Ahí rescatamos a su hijo y encontramos a un bebe de tres meses ya sin vida. Era muy difícil reconocer a la gente, estaban todos cubiertos de barro, las dificultades eran muchas, los caminos no existían, estaban todos llenos de árboles. Salíamos con la gente sobre una tabla hasta una base de concentración que se armó, lamentablemente esas personas fallecieron al día siguiente en el hospital”, recordó el hombre, quien se desempeña como empleado municipal.
La zona que por un momento parecía haber sido tierra preparada para un nuevo cultivo, por la forma en que quedaron los árboles y pastizales, hoy se recupera. Las familias que permanecieron con gran esfuerzo y mediante el aliento de allegados, miran con entusiasmo sus cultivos y viviendas y agradecen infinitamente a Dios por la vida. “Yo perdí a mi suegra y una sobrina. Con mi esposa Teresa estuvimos internados en Irigoyen, desde allá recibimos mucha ayuda. Cuando volví no encontré nada, perdimos todo. Lo único que quedó fue esta cocina, no morimos porque Dios es grande”, dice José Morais, quien hoy ya tiene 63 años.
“Quise volver a San Vicente, los vecinos me alentaron, me ayudaron, si fuera por mí, no estaría más acá, pero seguimos y hoy logramos salir adelante”, aporta Morais.
Las palabras de José, la mención a Dios, está presente en cada familia. Superar la pérdida irreparable de hijos, como fue el caso de Florinda Dos Santos, sólo pudo ser posible gracias a la fe. Hubo que empezar de cero porque lo material también desapareció. La fuerza de voluntad y el coraje de construir la nueva casa en el mismo lugar lo atribuyen a su refugio en la religión. “Es una fecha muy difícil, perdí a mis dos hijas y a una hermana. La comunidad de Tobuna nos ayudó mucho, José siempre estuvo con nosotros”, relata la mujer.
“Mucha gente se fue, no soportó vivir más en el mismo lugar. Hay que tener mucha fe, no hay otra manera, fue Dios quien hasta hoy nos dio la fortaleza, todo lo que ven hoy acá fue reconstruido”, señala la familia Da Rosa.
Escuchar su nombre entre los agradecimientos genera en José una enorme emoción y siente una gran satisfacción al ver que la unión reina entre los vecinos y que el progreso de la comunidad está en pleno desarrollo. “Es muy gratificante para mí haber estado y seguir estando”, cierra José Antúnez De Lima.
La carta que voló 70 kilómetros
Uno de los comentarios más llamativos tuvo que ver con la mención de una carta que le fue devuelta a la familia Vais Piñeiro. Esta misiva había sido enviada por una de las hijas de la familia desde Buenos Aires y fue encontrada a más de 70 kilómetros, en Guaraciaba, Santa Catarina (Brasil). La persona que la encontró, siguiendo la información y datos personales encontrados en la misma, realizó la devolución y hoy otra vez está a resguardo de sus dueños.
Un hijo, el protector de la familia
Olga mira los limoneros que plantó para recordar la tragedia.
La noche de esa inolvidable jornada, la familia Fernández Neto había culminado con la plantación de 50 mil hojas de tabaco. Se disponían a compartir la cena cuando comenzó a caer granizo y la tierra temblaba, así lo relataron. La madre alertó a los hijos sobre lo peligroso que podría ser una tormenta. Y en ese instante se desató el tornado arrasando con todo a su paso. Uno de los hijos, Marcelo, fue quien logró romper una puerta para evitar un desenlace fatal. La familia de don José Fernández Neto, compuesta por su esposa Olga Prestes y sus dos hijos que se encontraban en la vivienda en ese momento, se tomaron de la mano apenas escucharon rugir al viento.
“Nos tomamos para estar juntos y saltar fuera de la casa en caso de que fuera arrastrada, pero no nos dio tiempo. Luego de dos balanceos la casa voló y mi hijo Marcelo rompió la puerta y salimos afuera, mi hijo más chico quedó prendido a cinco metros, en un árbol”, recordó Olga.
Marcelo, quien trabaja en una estancia hace siete años, fue el ángel vigoroso para sus hermanos y padres. En este caso el trabajo psicológico fue fundamental, principalmente para el niño que había estado sujeto a un árbol. Y que por el trauma no asistió durante un año a la escuela. Así como el trabajo de los profesionales que asistieron durante cuatro años, el acompañamiento, amor y demostración de optimismo entre tanta calamidad la encontraron en Marcelo.