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Tras la muerte de su líder, el Festival Palau volvió a Buenos Aires para mostrar la fuerza evangélica en la calle

Ahí de pie, en la entrada, donde se levanta la puerta oficial, bajo el arco del triunfo con los banners que declaran la bienvenida, declaran la llegada de buenas noticias y el lineup de los artistas que escucharemos esta noche, ahí, justo ahí, una mujer con un chaleco verde agua, verde pastel, recibe y orienta a quienes van llegando. Podría decir “seguridad”, el chaleco. Podría decir “organización”. Pero no. Dice: SERVIDOR. La mujer lo lleva con calma y con orgullo. Está acá para servir, para ser una servidora. La gente se le acerca y le pregunta: ¿Es por acá derecho? ¿Hay baños adentro? ¿Venden cerveza? Con la sonrisa tallada, la mujer responde: sí, es. Sí, hay. No, no venden. Son las seis de la tarde del viernes y lo que está arrancando en la esquina de Dorrego y Figueroa Alcorta es el Festival Palau Buenos Aires 2022, el Primavera Sound de las iglesias evangélicas argentinas, un lollapalooza de la fe.

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Caminar los 500 metros desde la entrada hasta el escenario emplazado sobre el parque, asegura el avistaje de las siguientes postales: familias con cochecitos recién bajadas del 34 que se tomaron en Liniers, después de que el 96 los trajera desde Isidro Casanova. Un hombre que se acaba de comprar la remera de Hijo Rey. Hijo, en chiquito. Rey, en grande. Sobre la E de Rey, una corona dorada. El tipo va chapeando t-shirt como un campeón. Una mujer sentadita en paz, con una racimo de banderas plásticas, banderas argentinas que te informan lo que te ama Jesús. El sol patrio está en el centro de la silueta de un pez. Vimos ese pez, lo vimos en la serie de Netflix, El Reino. Es Ichthys, el acrónimo griego para decir Jesucristo, Hijo de Dios, el Salvador. Fue, parece, un código secreto entre cristianos cuando todavía eran perseguidos: alguien dibujaba un paréntesis horizontal sobre la arena, otro lo cruzaba formando pez y cola, y entre ambos se reconocían hermanos sin poner en riesgo su condición de clandestinos. Dos siglos después, esta señora se los vende por 500 pesos a las personas que pasan.

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En casi seis horas de festival, entre la población de personas que había, no vi abrirse una sola cerveza ni encenderse un solo cigarrillo. Doy fe.

Con la caída del sol, el campo se va poblando. No va a terminar de reventar, cómo sí reventaba cuando Luis Palau convocaba. En 2008 en el Obelisco, por ejemplo. Pero Luis Palau murió a los 86 años en marzo del 2021 y el Palau que convoca hoy es su hijo Andrés.

La cantidad de remeras alusivas que hay producen un efecto muy visual, muy contundente, acerca de las remeras que no hay: no hay un sola remera de inscripción política. Lo que no significa que evangélicos y política no sea un nodo para revisar.

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El padre, Luis Palau

Andrés Palau llegó a la Argentina y fue recibido por Horacio Rodríguez Larreta y por Axel Kicillof -no a la vez, hubiera sido mucho, Cristo cerrando así la grieta. Pero sí por ambos.

Hay un gesto en esa anchura de los protocolos. Es fácil asociar evangélicos con variantes de las derechas, pero como todo lo que es fácil, es también una reducción. Veamos.

“Cuando hay un violador en el barrio y llamamos a la policía, y la policía viene y le pega, no decimos, ‘uh, pobre violador, cómo le pegan’. Por el contrario, nos alegramos de que la policía actúe. Bueno, yo veo la intervención norteamericana en Irak desde ese punto de vista, desde el punto de vista de la seguridad”, le dijo Luis Palau a Fernando Carnota, una mañana de 2004, en Radio Mitre, durante una entrevista. Palau, nacido en 1934 en Ingeniero Maschwitz, provincia de Buenos Aires, y radicado en los Estados Unidos desde 1961, siempre construyó narrativas de buen encastre con el Departamento de Estado y la Casa Blanca. Durante cuatro décadas fue el predicador hispano más importante del mundo.

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En la edición de Time del 7 de noviembre de 1977, página 123, bajo el título “Palau Power in Latin América”, el predicador aseguró que el cristianismo evangélico era la herramienta más eficaz para detener el avance del marxismo. Oró junto a Hugo Banzer y frente a una multitud, en La Paz, en 1974. Banzer, a cambio, programó cinco noches a Palau en el horario central de la televisión boliviana. Se habían conocido en un desayuno de oración organizado por la Wycliffe Bible Translators, una organización dedicada a traducir la Biblia en todas las lenguas posibles. Banzer repartió un millón de ejemplares del Nuevo Testamento recién traducido entre las escuelas primarias de su país, aquella vez. En 1974, Jeanine Áñez tiene siete años, estaba en segundo grado. El golpe de Estado que derrocó a Evo Morales en noviembre de 2019, la convirtió en presidenta de facto. Juró su cargo con una biblia en la mano. Datos, no opinión.

Las guerrillas consiguieron muchos colaboradores indígenas. Por consiguiente, los indígenas eran subversivos. ¿Y cómo se combate a la subversión? Claramente se tenía que matar a los indígenas porque estaban colaborando con la subversión. Y luego se diría que se estaba matando gente inocente. Pero ellos no eran inocentes, se habían vendido a la subversión”. Estas palabras le pertenecen a Francisco Bianchi, miembro venerado y anciano reverente de La Iglesia del Verbo, secretario de prensa de José Efraín Ríos Montt, el primer dictador evangélico en la historia de América Latina. Luis Palau y Ríos Montt hablaron frente a medio millón de guatemaltecos en el Campo Marte, el 28 de noviembre de 1982, por los cien años de la iglesia protestante guatemalteca. El campo Marte estaba ubicado junto a la antigua Escuela Politécnica del Ejército, lugar señalado como centro clandestino de torturas. Datos, no opinión.

Es cierto, los datos, astutamente organizados, echando luz sobre ellos, quitándole luz a los datos que los contrastan, también organizan opinión, o por lo menos perspectiva. Es la tarde del jueves, falta un día para el Festival y Christian Hoof, presidente de ACIERA, la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina, el organismo administrativo más importante de la iglesia evangélica nacional, accede a la charla y entrega otros puntos de vista.

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¿Qué hacemos, Christian, con aquel Palau promotor de las dictaduras latinoamericanas?

Primero: Yo no creo que se lo pueda reducir así. Fue un evangelista que llevó la buena noticia de que Jesús te ama a donde fuera que le abrieron las puertas. También predicó en la China comunista, ¿y entonces por eso es comunista?

¿Y segundo?

Palau tampoco fue nuestro Papa, mucho menos su hijo. No todo el universo evangélico se siente representado por él.

¿Creés que hay una reducción injusta, una estigmatización, cuando se habla de evangélicos?

Creo que tenemos problemas de comunicación con el resto de la sociedad secular. Cynthia Hotton esperaba captar el voto evangélico, pero resulta que Hugo y Pablo Moyano son de fuerte tradición evangélica también. ¿Así que cuál de los dos expresa nuestra iglesia? Por supuesto, cualquier reducción que hagas, vas a producir un estigma.

No nos cuesta nada asociar a los evangélicos con la militancia antiderechos, homofobias, exclusiones varias, pero resulta que el Movimiento Evita, en San Martín, provincia de Buenos Aires, tiene casas para darle awante, protección y sobrevida al colectivo trans, cuya expectativa de vida en la Argentinas es de 40 años- según datos del CIPPEC-, y esas casas las pone la iglesia luterana.

No nos cuesta nada mirar El Reino y tirar en la sobremesa que los pastores son unos chantas que se quedan con el diezmo, pero según narra Pablo Semán, siguiendo los resultados de PoderData, la única encuestadora que acertó los número finales de la primera vuelta en las últimas elecciones brasileñas, hubo una migración significativa del voto evangélico de Bolsponario hacia Lula. Dice Seman: “Lula vio que sus apoyos evangélicos aumentaron y pasaron del 24 por ciento, en el segundo turno del 2018, al 38 por ciento, en el primer turno de este 2022”.

“Los evangélicos son bolsonaristas” es un cliché regalado, lo tirás en cualquier asado sin temor a patinar. Y resulta que, después de haber ganado por un punto y medio, Lula no hubiera vuelto al Planalto sin, entre otros, el voto evangélico.

ACIERA es un organismo administrativo, podemos llamarlo terrenal. En lo espiritual, que finalmente es lo que importa, la iglesia evangélica no tiene más autoridad que el pastor. Ni Papa, ni obispo, ni numerarios. El rebaño, el pastor y ya después, sin peajes ni dilaciones, viene el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Lo que convierte a su estructura en ancha más que en larga. Es una iglesia de la anchura, de la extensión, y en esa forma plana se funda su diversidad. Tiene razón Hooft cuando dice que es imposible atraparla porque eso sería reducirla y reducirla te deja en la puerta del estigma.

Son las diez de la nueve acá en Alcorta y Dorrego. Y esto sigue.

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Ulises

Patricia Sosa y Manuel Wirtz son los anunciados de la noche que reconoceríamos todos, sin necesidad de ir al servicio los domingos (los evangélicos dicen servicio, no misa). Pero las personas que están acá, miles según el impreciso cable de Télam, 200mil entre las dos jornadas según un rumor no mucho más preciso de parte de los organizadores, vinieron a ver a las bandas propias. Sería poco inclusivo llamarlas bandas del gueto, pero es que hay algo que no termina de abrirse entra el interior de la iglesia y su afuera, y esa línea de frontera, todavía, nos separa. El dato que verifica está escisión es que, hacia adentro, los evangélicos argentinos crecen: según la Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias Religiosas, realizada por el Conicet, los evangélicos crecieron del 9 por ciento en 2008 al 15,3 en 2019. Entonces: las fallas de comunicación hacia afuera parecen tener un reverso exitoso de comunicación hacia adentro.

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Hay algo que decir en favor de la iglesia evangélica: en las villas, en las cárceles, en los últimos sedimentos del cuerpo social que somos, ahí vas a encontrar un pastorcito con Biblia en el sobaco. La iglesia evangélica argentina crece porque va y fondea en el barro donde no pisa nadie más. Ve una vacante donde otros ven mierda, o no ven nada.

Para las nueve de la noche, el cónclave de Dorrego y Alcorta alcanza su pico de euforia. Primero, con el dominicacno Redimi2, probablemente el mayor exponente latino del rap cristiano. El mic en un mano, con remera negra estampada en Messi y la 10, Willy González Cruz, el sujeto detrás de la marca, arranca tirando:

Vamos a buscar acá a la esquina, que llegó la luz / 

¡Argentina! /

La receta que no contamina.

Pero el asunto acá es que esta noche toca Rescate, la banda más importante en la historia del rock gospel argentino. La Uno, la que inventó en este suelo el g-sus distorshon, y la que acaba de perder a su líder y su fundador, Ulises Eyherabide, en julio de este año, después de un cáncer que -ojalá, ellos dicen, yo agnóstico quisiera terminar de creer- se lo llevó con Dios.

Vi por primera vez a Rescate en 2004, en Condarco, el Obras evangélico. No tenía la menor idea de qué se trataba. Cuando llegué, la cola daba vuelta la esquina. Había gente de seguridad con handys pasándose información de los movimientos en puerta y una conferencia de prensa organizada con botellitas de agua y reflectores y muchos micrófonos. Y después, un escenario que, sí, tal cual, Obras Sanitarias. El prejuicio me había hecho pensar que seguramente me iba a encontrar con dos chicos, uno con flauta traversa y el otro con una pandereta, haciendo canciones de alabanza. Y era una banda de rock en el sentido más furioso que a banda de rock le pueda caber. Ya habían tocado  en 25 países, habían dado 120 shows, y estaban presentando Quitamancha, su quinto disco de estudio. Abrieron el show y con los tambores de los primeros acordes me sacaron de la boca una línea que no le dije a nadie porque estaba solo, pero igual la solté:

-A la mierda ¿qué es esto?

Como A.N.I.M.A.L., banda con la que grabaron, RESCATE también es un nombre sigla. Significa Reyes En Servicio de Cristo Antes Tiempos Extremos. Bueno, ya casi las diez y Ulises no está, ha muerto. Pero Rescate sigue ahí arriba.

Finalmente, Andrés Palau, el hijo del pastor leyenda, sale al escenario. Su padre habrá orado con quien habrá orado, lo que sea, pero escuchar su tono cercano, cálido, campero, te dejaba ahí un rato. Era un argentino latinizado en los Estados Unidos, y eso podía verse -oírse- desde cualquier platea. Andrés, mi vida él, no habla español y un chico morocho y flaquito lo va traduciendo mientras intenta hacernos llegar a cada uno de los que estamos esta noche acá el nervio de su prédica, la buena noticia de su Cristo Jesús. No es su padre ni tiene por qué serlo, pero le va a tener que meter mucho brazo para remar las mareas que su viejo era capaz de levantar. Ya veremos. Dios dirá.

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